Por qué escribo

Un día, mientras paseaba sin rumbo entre los estantes del Waterstones (la popular cadena de librerías británica) de Liverpool, me tropecé con una copia de Por qué escribo, de George Orwell. La portada era una más entre las colecciones de Penguin Books. Tenía un diseño poco atractivo apenas compuesto por el título, el nombre del autor y el pingüino de la editorial. Aún así me sorprendió encontrarme con ella. Di por hecho que se trataba de una señal y compré el libro.

La idea de escribir ha estado en mi mente tanto tiempo que ya no me acuerdo de cuándo fue la primera vez que la tuve. Digo idea porque la práctica no la he llevado a cabo tanto como me hubiera gustado. Dejando a un lado trabajos académicos y profesionales, cuando he escrito pocas veces lo he compartido. He sido víctima de lo que yo llamo ‘miedo escritocénico’: aunque escribir es un acto en diferido, me aterrorizaba pensar en mi potencial audiencia y en someterme a su despiadado escrutinio. Me aterrorizaba, en realidad, descubrir que fuera pésima haciendo una de las cosas que más me gustan.

Sin embargo, algunos comentarios recogidos en el libro de Orwell me hacen sentir identificada y eso me anima. No se trata de ser escritor, sino de hacer un camino escribiendo, sin rumbo fijo y disfrutando del trayecto.

Escribir es nadar en lo profundo y no quedarse en la orilla. Es conocerse a uno mismo, ver en perspectiva, reflexionar, aprender. Las palabras tienen tanto poder que a veces llegan a hacer daño y otras, en cambio, pueden ser la mejor medicina.

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Créditos de la imagen: Yuko Shimizu

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