Estamos sumidos en América

Agotados tras unas semanas de intenso trabajo en el máster, a algunos todavía nos quedaban fuerzas para trasnochar y seguir las elecciones estadounidenses. No importaba que a la mañana siguiente nuestra principal misión fuera no perder el Alvia a Madrid. La batalla al otro lado del Atlántico nos tenía en vilo y de todos modos no íbamos a dormir muy bien. Así que unos pocos nos reunimos en casa para seguir absortos entre nervios, Twitter, Doritos y algunas risas, el desenlace de la contienda política más espectacularizada del mundo.

Nuestro grupo de WhatsApp estuvo echando humo hasta las tres de la madrugada, hora en la que dimos por perdido el estado de Florida y decidimos que era momento de irse a la cama y dejarse ya la ‘memegracia’. Cuando nos despedimos, aún veíamos rayos de esperanza entre las abundantes gotas de lluvia que cayeron en la madrugada. Pero estoy segura de que más de uno se fue a dormir con el miedo en el cuerpo y a descubrir que no era un mal sueño lo que depararía la luz del alba. ¡La cruda realidad nos ha pillado esta mañana aún en pijama! Bajos de defensas, con ojeras y ni siquiera el primer café de la jornada. Como si no hubiéramos escarmentado ya con el Brexit y el acuerdo de paz en Colombia… Deberíamos mirarnos eso de las encuestas y los sondeos de opinión.

El 9 de noviembre de 2016, Estados Unidos ha dejado de ser el ejemplo a seguir de Occidente. Hace ocho años, el país fue venerado por elegir a un presidente afroamericano. Esta semana podría haber seguido sumando hitos a su historia, si Hillary Clinton hubiera ganado las elecciones y se hubiera convertido en la primera mujer en llegar a la Casa Blanca con el sobrenombre de Comandante en Jefe y no de Primera Dama. Sin embargo, los pronósticos que la mayoría de los medios se resistían a admitir se han hecho realidad.

¿Y ahora qué? Semejantes cambios bruscos en el devenir del mundo están dejando a una gran parte de la población, entre los que me incluyo, huérfanos de esperanza y de liderazgos que nos motiven a trabajar por unas sociedades donde reine la libertad, la igualdad, la responsabilidad y el respeto mutuo. Estamos perdiendo la fe en la humanidad, y no hay nada más desolador para unos jóvenes que empiezan a madurar con ganas de comerse el mundo.

Pero este sigue a pesar de Trump y hoy los del máster cambiamos Pamplona por la capital de España, que también se mantiene en pie a pesar de todo. Vamos a masticar bien lo sucedido y a seguir analizando este entorno tan escurridizo que nos acompaña. Que nos llamen locos, porque aún no hemos perdido del todo esa chispa de esperanza. En marzo hablaremos de los idus… en tierras americanas.

Recomiendo este artículo de David Remnick en The New Yorker: http://bit.ly/2fS0olz 

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