Perdices – Relato breve

Después de aprender a andar, hablar y leer, a Emma le enseñaron a contar, a contar historias. De animales parlantes, niños traviesos y princesas en apuros. Le pusieron ese nombre porque su madre, en secreto, se sintió identificada con Madame Bovary cuando se le antojó leer a Flaubert durante el embarazo. Se lo dijo a su hija hace poco, que ya han pasado cinco años desde el divorcio y es capaz de vivir la vida, la suya propia, y no la de los personajes atrapados en los libros de sus estanterías, en los casetes del trastero y en el cine de La 2.

Emma, también a escondidas, siempre ha culpado a su madre por todo el drama que hay en su vida. En casa, la comedia no ha sido más que una farsa, una ilusión, y ha durado lo que un fin de semana, la Nochebuena o una fiesta de cumpleaños. Cree que la de su familia es una historia más bien absurda, pero a la vez desgarradora, de las que te hacen llorar. Todos sus recuerdos son en blanco y negro.

Por eso nunca ha tenido las plantas de los pies apoyadas en el suelo. De gatear, pasó a andar de puntillas, como si su cuerpo tendiera a seguir a su mente, que desde el primer momento estuvo en las nubes, divagando de un lado a otro de su imaginación. Emma tiene un don especial: es capaz de huir de cualquier lugar, sin mover ni un solo músculo y haciendo creer a todo el mundo que sigue ahí, en el mismo sitio.

Cuando explicaron las raíces cuadradas, pensaba en Tristón, un dios griego con forma de anfibio que vivía en un mar de lágrimas. Para Emma, la única integral que existe en el mundo es la barra de pan. Suspendió Matemáticas, no lo pudo evitar. No sabe utilizar el Excel, no juega a la Lotería y en su móvil no existe la aplicación de la calculadora. Su reloj es de aguja y nunca cumple años, sino primaveras.

Le tiene miedo a los n-ú-m-e-r-o-s, los innombrables. Por eso, las esquinas inferiores de los folios que escribe siempre están en blanco. No hay lógica en su vida, no hay orden. No habla inglés, pero entiende élfico, klingon y chapurrea el Nadsat. Es adicta al caos que habita en su “quijotera”.

Todo el mundo le dice que ve demasiadas películas, pero ahora solo ve series. Su amiga le insiste para que se haga youtuber, pero a Emma le da miedo compartir los monstruos de su cabeza, precisamente porque ve a los demás como monstruos de tres cabezas. ‘Me pondrían a parir’, dice ella, que tiene claro que su instinto maternal solo se activa con bebés de cuatro patas.

Cuando abre el periódico en la cafetería, pasa con prisa la página del sudoku. No se pierde nada, a él siempre lo acompaña el horóscopo. La única sopa que le gusta es la de letras y de mayor siempre quiso ser letrada, aunque no supiera bien lo que significaba.

Ayer me escribió -porque ella nunca llama- completamente entusiasmada: “Querida amiga”, empezaba, “tengo una buena noticia”. Al parecer le han hecho una oferta que no podría rechazar. El lunes empieza a trabajar en una editorial. Va a pasar sus días entre libros, encuadernaciones, hojas electrónicas y de papel, tintas de todos los colores, ilustraciones, índices, agradecimientos, prólogos, capítulos, firmas, dedicatorias, palabras y letras. Puntos y comas. Punto y final. Su historia estaba escrita, no podía ser de otra forma.

Emma es vegana pero ayer comió perdices.

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La ilustración es de SEO/Birdlife.

3 comentarios sobre “Perdices – Relato breve

  1. Como siempre es una auténtica gozada leerte Aída, que bonito escribes y sobretodo como dejas pasar los sentimientos a lector.
    Si me das permiso me gustaría compartirlo para que los demás también tengan el privilegio de conocerte.
    Te ánimo para que sigas escribiendo relatos…yo estaré al otro lado impaciente de leerte.
    Un beso enorme.
    Fátima

  2. En algunas ocasiones, el guerrero se sienta, se relaja, y deja que todo lo que sucede a su alrededor siga sucediendo. Mira al mundo como si fuera un espectador, no intenta crecer ni disminuir, sólo entregarse sin resistencia al movimiento de la vida.

    Lentamente, todo lo que parecía complicado empieza a volverse sencillo. Y el guerrero se alegra.

    Paulo Coelho

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