Que caiga un chaparrón

Hoy ha sido un día raro. Sin ir más lejos, no ha dejado de llover. El otro día leí que «tras cerrar 2017 como el año más seco en lo que va de siglo, nadie se pregunta ya si 2018 volverá a ser de sequía, sino cómo de grave será». Así las cosas, las señoras no tendrán que preocuparse al salir de la peluquería. ¿No cantan los niños Que llueva, que llueva?

Hoy ha sido una auténtica experiencia pasear por el centro de Madrid. La mayoría se ha quedado en la cueva, como la virgen de la canción, y las calles estaban aliviadas, los comercios con la persiana echada, la ciudad en auténtica calma. Entonces he mirado más allá de las paredes de las casas y he imaginado a los niños con sus juguetes y a los padres con su café y un pedazo de roscón de Reyes.

Hoy ha sido también un día raro porque, tan pronto como vino, la Navidad se ha esfumado. Y toca dejar paso a las rebajas de invierno y la fiebre de la cuesta de enero; al gimnasio y a cuán cuestionable es lo que todos pensamos que es comer sano después de un chaparrón con azúcar y turrón.

Y ha sido todavía más raro porque… ¡estoy escribiendo! Ese invento de los propósitos de año nuevo a veces resulta útil. En 2018 me he prometido que voy a escribir más; sobre lo que sea, sin pensarlo mucho, sin pararme mucho, como salga, aquí y ahora. Ya. Que se rompan las paredes de mi estación o, como se dice ahora, ¡hay que salir de la zona de confort!

Y mientras las nubes no se levantan, está permitido quedarse en casa, no quitarse el pijama y mirar por la ventana. Que llueva, que llueva, que llueva. Que caiga un chaparrón, hace falta.

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