La mentira en la comunicación política

Donald Trump será el próximo presidente de los Estados Unidos. Como que el cielo es azul y los burros no vuelan. A día de hoy, ese es uno de los pocos hechos que podemos afirmar con total rotundidad. Que el candidato republicano ganara las elecciones parecía hace apenas unos meses prácticamente improbable. Pero, una vez más, la realidad ha superado todas las expectativas. No solo ha vencido Trump, también lo han hecho el Brexit y el “no” al acuerdo de paz con las FARC en Colombia. Esas son algunas consecuencias de una nueva era a la que se ha denominado “posfactual” o “de la posverdad”.

Según el diccionario Oxford, que ha seleccionado el neologismo original en inglés como la palabra del año 2016, posverdad es “lo relativo a las circunstancias en las que los hechos objetivos influyen menos a la hora de modelar la opinión pública que los llamamientos a la emoción y a la creencia personal”. Los expertos eligen el vocablo que mejor “captura el ethos, el estado de ánimo o las preocupaciones de cada año en particular”. Y la última investigación ha revelado que el uso de la palabra posverdad ha aumentado aproximadamente un 2000 % respecto a su uso en 2015.

En realidad, la elección del diccionario Oxford no ha hecho más que confirmar una evidencia: que el tema está de pura actualidad tras los acontecimientos políticos apuntados antes. La literatura relacionada no para de crecer: se redactan diariamente artículos y columnas de opinión en la prensa, se hacen programas de televisión, se dan conferencias, se publican libros, etc. Mucho ha llovido ya desde que en 1712 Jonathan Swift escribiera la obra referente The Art of Political Lying. Hoy, Google ofrece ni más ni menos que 4 660 000 resultados a la búsqueda de “mentira política”.

Al fin y al cabo, la era de la posverdad representa a una sociedad que ha superado el valor supremo que antaño se le otorgaba a la verdad. La actual es una sociedad que ha asumido la mentira como parte natural de la cotidianedad. De todos es sabido que saltarse el Octavo Mandamiento -“No darás falso testimonio ni mentirás”- ya no es un pecado capital, y que la diosa romana Veritas -“verdad” en latín- hace mucho que dejó de ser venerada; apenas sale del pozo sagrado que la representaba por su naturaleza elusiva.

La mentira ha sido siempre considerada lo contrario a una virtud, pero no por ello ha dejado de estar presente en nuestras vidas. Es una conducta inmoral. Al menos para el filósofo alemán Immanuel Kant. Para él, decir la verdad es un deber: “La veracidad de las declaraciones que no se pueden eludir es el deber formal del hombre con cualquiera, por grandes que sean las desventajas que puedan derivarse de ello para él o para otros” (citado en Sandel, 2011: 208). Ni siquiera sería admisible en política si el fin fuera proteger a los ciudadanos de una verdad que pudiera poner en riesgo su seguridad, por ejemplo. “Para Kant, la moral no tiene nada que ver con las consecuencias; tiene que ver con los principios”.

Pero, ojo, para el filósofo existe una gran diferencia entre “una afirmación técnicamente cierta pero que induce a error y una pura mentira” (Sandel, 2011: 209). Así quedó de manifiesto en un episodio personal del propio Kant: un día, el rey Federico Guillermo II consideró que sus escritos desacreditaban la cristiandad. Por ello, le hizo prometer que no volvería a tratar el asunto. Kant respondió con una declaración muy estudiada: «Como fiel súbdito de Su Majestad, desistiré en adelante por completo de toda disertación pública o escrito concernientes a la religión». Con esas palabras, admitía no escribir sobre el tema, pero solo mientras viviera el rey. Así, cuando pronto murió “Su Majestad”, la promesa dejó de ser válida, pues ya no era su súbdito.

Desde finales del siglo pasado, es abundante en la esfera política el uso del eufemismo o el afinamiento de las declaraciones cuyo fin es despistar al destinatario sin tener que recurrir a la pura mentira. “Mucho se ha escrito sobre la ausencia de verdad que hay en la confusión intencionada que se consigue mediante la «suavización del lenguaje». Se trata de sustituir términos agresivos o que tienen connotaciones peyorativas, por otros que son positivos, más neutrales, o lo suficientemente abstractos como para no significar nada, con el fin de que con ellos se pueda incluir todo aquello que se quiere incluir” (Canel, 1999: 89). Son casos ilustres los de la declaración de la infanta Cristina en el juicio de Nóos -“yo confiaba en mi marido”- o la “indemnización en diferido” de María Dolores de Cospedal.

En comunicación política, se puede observar cómo se utilizan estas “verdades engañosas” constantemente. El siguiente ejemplo de Canel (1999: 89) lo pone de manifiesto:

“El Ministerio de Asuntos Exteriores conoce la aprobación, por parte de la Casa Real y del Gobierno, de un viaje del Jefe de Estado a Cuba; pero todavía no ha llegado la confirmación oficial al ministerio. ¿Qué puede hacer su jefe de prensa ante la pregunta «¿Es cierto que los reyes viajarán a Cuba?». Responder a ella afirmativamente supondría una confirmación prematura. Utilizando la técnica de confusión intencionada se respondería: «No se ha tomado todavía decisión al respecto». La respuesta no es mentira: el Ministerio no ha recibido todavía la confirmación oficial, por lo que, técnicamente hablando, no se puede decir que la decisión esté tomada”.

Canel (1999) compila, además, otras acciones como la mentira inadvertida -producto de la desinformación intencionada del responsable de comunicación de una institución por parte de los altos cargos-; la confusión intencionada -creación de espacios lingüísticos “que permiten operar en un margen más extenso de significados”- ; la neutralización de la información negativa; el off the record; la cortina de humo; o las filtraciones. Todas ellas son mecanismos de evasión de los hechos o la verdad que logran pasar desapercibidos y no ser considerados como mentiras.

No obstante, si el motivo por el que un político dice la verdad tiene que ver con la necesidad de resguardar su reputación, según Kant sus actos no tendrían valor moral; pues no lo estaría haciendo por deber, sino como un medio para conseguir un resultado que le beneficie en el largo plazo. “En cuanto vislumbramos el motivo del deber, identificamos el rasgo que les da a nuestras buenas obras su valor moral, a saber: el principio a que se atienen, no las consecuencias” (Sandel, 2011: 173). El político estaría actuando de acuerdo a lo que el mismo filósofo denomina “imperativo hipotético”: “Si el acto es bueno solamente como un medio para otra cosa, el imperativo es hipotético. Si se representa el acto como bueno en sí mismo, y por lo tanto como necesario para una voluntad que en sí concuerda con la razón, el imperativo es categórico” (citado en Sandel, 2011: 187).

Pero no debemos olvidar que, como apunta Pamela Meyer, autora de Liespotting (2011), mentir es un acto cooperativo: “Una mentira no tiene ningún poder en sí misma; su poder emerge cuando alguien más acepta creer la mentira”. Podemos añadir, asimismo, que la posverdad es un acto colectivo: “Son protagonistas de la comunicación política no solo las organizaciones políticas sino también los medios y los ciudadanos” (McNair, 1995; citado en Canel, 1999: 24).

Parte de la responsabilidad recae sobre los medios de comunicación y los ciudadanos. La ética debe ser asumida no solo por los líderes políticos -aunque estos tienen el deber de la ejemplaridad-, sino por los periodistas y sus audiencias.

No es casualidad que la era de la posverdad esté coincidiendo con una gran crisis del periodismo. La digitalización no solo está poniendo en juego los tradicionales modelos de negocio; también está poniendo en duda la ética de la profesión a la que Edmund Burke llamó “el cuarto poder”. La necesaria urgencia por distribuir contenidos que han propiciado las redes sociales menoscaba la calidad de las informaciones, quedando muchas veces sin contrastar y dando lugar a que los bulos se consideren noticias reales. “Getting names, dates, ages right, attributing information correctly, not relying excessively on cuttings, checking sources (especially important as the Internet becomes increasingly used as a source), and not making up quotes are all essential to the story’s credibility” (Sanders, 2003: 43), pero, desafortunadamente, es un proceso que brilla por su ausencia en muchas salas de redacción.

“Las informaciones falsas, los fakes, y rumores malintencionados son parte de la dimensión perversa de Internet; la que habilita anónimamente a todo tipo de fanáticos para que diseminen su ira y sus prejuicios. Pero cuando la desinformación la difunden profesionales -servicios secretos, activistas, empresas al servicio de partidos políticos o grandes corporaciones- la Web se transforma en un poderoso instrumento de ingeniería social” (Lareau, 2016). De hecho, recientemente se hizo viral un vídeo -en este caso veraz- en el que el actor estadounidense Denzel Washington declara lo siguiente, al ser preguntado por la noticias falsas que lo han relacionado con la candidatura de Donald Trump: “Si no lees los periódicos, no estás informado; si lees los periódicos, estás mal informado”.

La confianza es un valor indispensable para los medios de comunicación. Y si los ciudadanos desconfían de su labor como “watchdog”, pasan a ser un puro instrumento a merced de los partidos políticos y las compañías anunciantes. Al final, tendemos a creer solo lo que nos conviene y viceversa. Por eso, los simpatizantes de tal partido político solo acabarán dando crédito a los medios cuya línea editorial coincida con su ideología. “Subjectivity is not antithetical to truthfulness but where it is not counteracted by conventions such as objectivity and accuracy, it may become so” (Sanders, 2003: 44). Como afirma la misma autora: “There is no world of facts just our construction of them”. Por eso, “preferimos que las noticias nos den la razón y en caso contrario ya nos encargamos de que los datos encajen en nuestros esquemas mentales” (Salas, 2016).

La sociedad tiene el deber de educar, hoy más que nunca, a ciudadanos críticos. Pero, a la vez, ha de fomentar el respeto que se ha perdido por la verdad: “going from liespotting to truth-seeking; and ultimately, trust-building” (Meyer, 2011).

El reciente estudio Educating for Democracy in a Partisan Age (2016), de Kahne y Bowyer (citado en Salas, 2016), desvela que: “Enfrentados a noticias de dudosa veracidad, los jóvenes caían en sus sesgos y creían lo que convenía al color de las lentes de su ideología. Y (…) cuanto más sabían de política, más se dejaban engañar. Sin embargo, había un factor que ayudaba a los jóvenes a evitar las noticias falsas: tener conocimientos sobre periodismo, sobre cómo se construye una noticia veraz, les permitía distinguir información de calidad y artículos que solo pretenden desinformar. Esta «alfabetización mediática» acercaba a los jóvenes estudiados a una posición de «lealtad crítica», al ser capaces de «escrutar un argumento incluso cuando ese argumento se alinea con sus preferencias partidistas»”.

La educación, entonces, es fundamental para recuperar los valores y la confianza de la era de la preverdad. “Una afirmación que induce a error pero que, pese a ello, es verdadera no fuerza o manipula al que la oye del mismo modo que una pura mentira. Si el que la escucha está suficientemente atento, siempre podrá escapar del engaño” (Sandel, 2011: 216).

Por tanto, no se puede justificar la mentira en la comunicación política porque, en primer lugar, compromete el deber moral de decir siempre la verdad. “La mentira inutiliza la fuente misma del derecho. […] Es, pues, una ley sagrada de la razón, de cumplimiento incondicionalmente obligado, que no admite salvedades por conveniencia alguna, que hay que ser veraz (sincero) en todo lo que se exprese” (citado en Sandel, 2011: 209).

Por otro lado, “decir lo contrario de lo que la realidad es, es una técnica que no compensa; a largo plazo, no tiene buenos resultados en la gestión de comunicación” (Canel, 1999: 88).

De modo que no es rentable para ninguna de las partes -políticos, consultores, medios de comunicación y ciudadanos-. La pregunta, ahora, es: ¿Hasta cuando prevalecerá esta era de la posverdad? Ya lo advirtió Abraham Lincoln: “Se puede engañar a parte del pueblo parte del tiempo, pero no se puede engañar a todo el pueblo todo el tiempo”.

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